Tres maestros
Tres maestros La primera frontera que Dostoievski rompió, el primer horizonte que nos abrió, fue Rusia. Descubrió su nación al mundo, ensanchó nuestra conciencia europea, fue el primero en revelarnos el alma rusa como fragmento, y uno de los más preciosos, del alma universal. Antes de él, para Europa Rusia significaba una frontera: el paso a Asia, una mancha en el mapa, un trozo de pasado de nuestra infancia cultural bárbara, ya superado. Pero también fue el primero en mostrarnos la fuerza futura que encerraba aquella tierra virgen; a partir de él vemos a Rusia como potencial de una nueva religiosidad, como una nueva palabra que ha de engrosar el gran poema de la Humanidad. Enriqueció el corazón del Mundo con el conocimiento y con la esperanza. Pushkin (difícilmente accesible para nosotros, pues su atmósfera poética pierde fuerza eléctrica en las traducciones) nos mostró sólo la aristocracia rusa. Tolstói, a su vez, los hombres simples, patriarcales y campesinos, seres de un mundo viejo, estratificado, muerto. Es Dostoievski quien nos inflama el corazón con el anuncio de nuevas posibilidades, quien enciende el genio de esta nueva nación y casi nos hace anhelar que esa gota ardiente de infancia universal y de aurora que hay en el alma del pueblo ruso prenda en el mundo cansado y estantío de la vieja Europa. Tuvo que estallar esta guerra para darnos cuenta de que todo cuanto sabíamos de Rusia se lo debíamos a él y de que también él ha hecho posible que veamos en este país enemigo a un país hermano, un alma gemela.