Tres maestros

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Pero mucho más profundo y significativo que este enriquecimiento cultural para el saber universal sobre la idea de Rusia (pues quizá Pushkin ya lo hubiera logrado de no ser por la bala que le atravesó el pecho en un duelo a los treinta y siete años) es el enorme caudal de saber sobre nosotros mismos, sin igual en la literatura. Dostoievski es el psicólogo de los psicólogos. El fondo del corazón lo atrae con fuerza mágica; su verdadero mundo es el inconsciente, el subconsciente, lo insondable. Desde Shakespeare no habíamos aprendido tanto sobre los secretos del sentimiento y las leyes mágicas que lo gobiernan, y como Ulises, el único que vuelve del Hades, del mundo infernal, nos habla del mundo subterráneo del alma. Pues también él, como Ulises, iba acompañado de un dios, un demonio. Fue la enfermedad, elevándolo a alturas del sentimiento que el simple mortal no puede alcanzar, reduciéndolo a estados de angustia y terror que se encuentran más allá de la vida, lo que le permitió respirar la atmósfera ora gélida ora ardiente del reino de lo inanimado y de la supervivencia. Así como los animales nocturnos ven en la oscuridad, él ve en los estados de penumbra con más claridad que los demás a la luz del día. Los elementos de fuego, donde otros se abrasan, se convierten para él en verdadero y agradable calor del sentimiento; él, a quien el alma sana le ha quedado corta, se ha instalado en la enferma y con ella en el secreto más hondo de la vida. Ha mirado la locura a la cara, como un sonámbulo ha caminado seguro por las cimas del sentimiento, de donde caen, impotentes, los despiertos y los sabios. Ha penetrado más profundamente en el Hades del inconsciente que médicos, juristas, criminalistas y psicópatas. Todo lo que la ciencia descubriría y clasificaría más adelante, todo lo que rascaría por decirlo así en experimentos con el escalpelo de la experiencia de los muertos, todos los fenómenos telepáticos, histéricos, alucinativos y perversos, él los describió antes gracias al talento místico del visionario que le permitía participar del saber y del dolor de los demás. Investigó hasta el borde de la locura (exceso de espíritu) y hasta el filo del crimen (exceso de sentimiento) los fenómenos del alma y así recorrió infinitos trayectos de la nueva tierra del espíritu. Con Dostoievski se cierra la última página de una vieja ciencia y se abre una nueva psicología en el arte.


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