Tres maestros
Tres maestros Esta creación de un ideal moral a partir de la autodestrucción jamás fue tan perfecta en todas las esferas éticas e intelectuales. Autocondenándose, como quien dice cortándose las venas, Dostoievski pinta con su propia sangre la imagen del hombre futuro. Era todavÃa el hombre apasionado y convulsivo, el hombre de los cortos saltos de tigre, cuyo entusiasmo es como la llama de soplete que brota de la explosión de los sentidos o de los nervios; aquéllos, en cambio, son las brasas castas, mansas, pero en eterno movimiento. Poseen la tranquila obstinación que llega más allá que los impetuosos saltos del éxtasis; poseen la auténtica humildad, que no teme al ridÃculo; no son, como él, los eternos humillados y ofendidos, los impedidos y deformados. Pueden hablar con cualquiera y cualquiera se siente tranquilo en su presencia; no tienen la eterna histeria del miedo a molestar o ser molestados; no miran a cada paso a su alrededor sin comprender. Lo saben todo, pero precisamente por eso también lo comprenden todo, no juzgan ni condenan, no cavilan acerca de las cosas, sino que las creen agradecidos. Es curioso: el eterno inquieto ve en el hombre sosegado y lúcido la forma suprema de la vida; el hombre de las contradicciones postula como ideal último la unidad; el rebelde, la sumisión. Lo que para él es tortura de Dios en ellos se ha convertido en gozo de Dios; su duda, en certeza; su histeria, en salud; su aflicción, en una dicha universal. Lo supremo y más hermoso de la vida es para él lo que él mismo, el consciente y el inconsciente, jamás conoció y que por eso ansia como lo más sublime para el hombre: candor, inocencia del corazón, la alegrÃa mansa y natural.