Tres maestros

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Porque este mundo, ya lo he dicho antes, en Dickens es una Inglaterra burguesamente moderada, cansada y satisfecha, una pequeña parte de las inmensas posibilidades de vida. Un mundo pobre como éste sólo podía enriquecerse con un gran sentimiento. Balzac hizo fuerte al burgués con el odio; Dostoievski con su amor al Salvador. Y también Dickens, el artista, redime a sus personajes del lastrante peso terrenal a través del humor. No considera que su mundo pequeñoburgués sea objetivamente importante, no entona el himno de las buenas gentes que canta la sobriedad y las virtudes de la Santa Iglesia y que hace insoportables la mayoría de nuestras novelas alemanas de sabor popular, sino que guiña el ojo a sus paisanos con bondad y a la vez con humor, los hace, como Gottfried Keller y Wilhelm Raabe, un poco menos ridículos en sus cuitas liliputienses. Pero ridículos en un sentido simpático y bondadoso, de modo que el lector acaba queriéndolos incluso a pesar de todas sus farsas y bufonadas. Como un rayo de sol el humor inunda sus libros, de pronto hace más alegre e infinitamente encantador su pobre paisaje, lleno de mil primorosos prodigios; al contacto con esta cálida llama todo cobra más vida y verosimilitud, incluso las falsas lágrimas centellean como diamantes, las pequeñas pasiones flamean como verdaderos incendios. El humor de Dickens eleva su obra por encima del tiempo y la proyecta hacia todos los tiempos. La redime del aburrimiento de todo lo inglés. Con su sonrisa Dickens vence la mentira. Como Ariel, este humor flota por el aire de sus libros como un fantasma, los llena de música misteriosa y los arrastra a una danza vertiginosa, a una gran alegría de vivir. Es omnipresente. Hasta desde el pozo de los embrollos más tenebrosos emite su brillante luz como lámpara de minero, afloja los momentos de demasiada tensión, suaviza los tintes demasiado sentimentales con notas de ironía, lo exagerado con su sombra, lo grotesco; el humor es el elemento conciliador, compensador, imperecedero de su obra. Como todo en Dickens, es naturalmente inglés, auténtico humor inglés. También le falta sensualidad, no es descomedido, no se embriaga con sus propias gracias y nunca es licencioso. Incluso cuando se exalta guarda la mesura, no vocifera ni eructa como en Rabelais, ni hace piruetas como en Cervantes en momentos de arrebato, ni se lanza de cabeza a lo imposible como el norteamericano. Se mantiene siempre frío y en pie. Dickens, como todos los ingleses, sonríe sólo con la boca y no con todo el cuerpo. Su hilaridad no se consume a sí misma, sólo chispea y dispersa su luz por las venas de los lectores, parpadea con mil llamitas, bromea errando como un fantasma y brillando como un fuego fatuo, picaro encantador, en medio de la realidad. Su humor —porque el destino de Dickens es representar siempre el justo medio— es también un equilibrio entre la embriaguez de los sentimientos, la extravagancia y la ironía fría. Su humor no se puede comparar con el de los demás grandes escritores ingleses. No tiene nada de la ironía cáustica y mordaz de Sterne, nada de la alegría jovial y franca de hidalgo de pueblo de Fielding, no es corrosivo y doloroso como Thackeray; sienta bien y no mal, como un cerco de sol juega alegremente alrededor de la cabeza y las manos. No quiere ser moral ni satírico ni esconderse bajo el gorro de bufón para aparentar una seriedad solemne. No pretende nada en absoluto. Simplemente es. Su existencia no se debe a ningún propósito, es natural y evidente; el picaro se esconde ya en la curiosa posición de los ojos de Dickens, ahí adorna y exagera las figuras, les da las divertidas proporciones y cómicas contorsiones que luego harán las delicias de millones de lectores. Todo entra dentro de este círculo de luz, todos los personajes resplandecen como con una luz interior; incluso los bribones y rufianes tienen su aureola de humor, el mundo entero parece obligado a sonreír cuando Dickens lo contempla. Todo brilla y gira, y las ansias de sol de un país de niebla parecen haberse calmado para siempre. La lengua hace volteretas, las frases se arremolinan y entremezclan, saltan y juegan al escondite con el sentido, se lanzan preguntas unas a otras, se gastan bromas, se engañan, un genio antojadizo les da alas para bailar. Es un humor imperturbable. Es sabroso aun sin la sal de la sexualidad, que por otra parte le negaba la cocina inglesa; no se deja desconcertar porque el impresor azuce al escritor, pues ni siquiera con fiebre, sufriendo calamidades y sinsabores, Dickens era capaz de escribir sino con alegría. Su humor es irresistible, reside impávido en su soberbia y aguda mirada y sólo se extingue cuando se extingue su luz. Nada terrenal podía afectarle; tampoco el tiempo. Pues no me imagino a nadie a quien no gustaran relatos como El grillo del hogar, que se resistiera a reír con tantos episodios de sus libros. Las necesidades intelectuales pueden cambiar como las literarias, pero mientras el hombre ansíe alegría, en los momentos de placidez en que la voluntad de vivir descansa y sólo la sensación de vivir agita ligeramente sus olas, en que nada se anhela tanto como una emoción del corazón, cándida y melodiosa, el hombre echará mano de estos libros únicos, tanto en Inglaterra como el mundo entero.


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