Tres maestros

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Ésta es la grandeza y el carácter imperecedero de la obra terrenal, demasiado terrenal, de Dickens: irradia y calienta con su propio sol. Respecto de las grandes obras de arte no hay que preguntar sólo por su intensidad, no sólo por el hombre que estaba detrás de ellas, sino también por su extensidad, por el efecto que produjo en las multitudes. Y de Dickens se puede decir más que de cualquier otro escritor de nuestro siglo que ha aumentado la alegría en el mundo. Lágrimas de millones de ojos han centelleado con sus libros; a miles cuya sonrisa se había marchitado o perdido se la plantó de nuevo en el pecho: su influencia iba más allá de lo literario. Gentes ricas reflexionaron e hicieron donaciones después de leer sobre los hermanos Chereby; corazones duros se ablandaron; con la publicación de Oliver Twist, los niños —es auténtico— recibían más limosnas en la calle; el gobierno mejoró los asilos para pobres y controló las escuelas privadas. La compasión y la benevolencia se acrecentaron en Inglaterra gracias a Dickens, muchísimos pobres e infelices vieron aliviado su destino. Ya sé que estos efectos extraordinarios nada tienen que ver con el valor estético de una obra de arte. Pero son importantes, porque demuestran que toda gran obra trasciende el mundo de la imaginación, donde todo creador puede dar rienda suelta a su fantasía y su magia, y contribuir también a transformar la vida real. Cambios en lo esencial, en lo visible y también en la temperatura de los sentimientos. Dickens, al contrario que los autores que piden compasión y aliento para sí mismos, incrementó la alegría y el goce de su tiempo, estimuló su circulación sanguínea. El mundo se hizo más claro desde el día en que el joven taquígrafo del Parlamento cogió la pluma para escribir acerca de hombres y destinos. Salvó la alegría de su tiempo y transmitió a las futuras generaciones el buen humor de la merry old England, la Inglaterra de entre las guerras napoleónicas y el imperialismo. Después de muchos años seguiremos volviendo la vista atrás, hacia aquel mundo pasado de moda, con sus extravagantes profesiones, ahora perdidas, pulverizadas en el mortero del industrialismo, y desearemos quizá volver a aquella vida cándida, llena de alegrías sencillas y tranquilas. Dickens creó literariamente el idilio de Inglaterra: ésta es su obra. No menospreciemos en demasía este tono quedo y sosegado comparándolo con el enérgico e impetuoso: también el idilio es eterno, un regreso atávico. Dickens renueva aquí, como lo renovarán sucesivamente las futuras generaciones, la poesía geórgica o bucólica, la poesía del hombre que busca refugio para descansar del horror de los afanes. Aparece para volver a desaparecer una pausa entre emociones, un momento para recuperar las fuerzas antes o después del esfuerzo, un segundo de contento para el corazón que late sin descanso. Unos crean tempestades, otros silencio. Charles Dickens convirtió en poesía un momento de silencio en el mundo. Hoy la vida vuelve a ser ruidosa, las máquinas retumban, el tiempo pasa en cambios más veloces y repentinos. Pero el idilio es inmortal, porque es el placer de vivir; como el cielo azul después de las tormentas, vuelve siempre la alegría de la vida después de todas las crisis y conmociones del alma. Y así regresará también siempre Dickens del olvido; cuando los hombres estén necesitados de buen humor y cuando, cansados de las trágicas tensiones de la pasión, quieran volver a escuchar la misteriosa música de la poesía que emana también de las cosas apenas perceptibles.


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