Tres maestros
Tres maestros La primera impresión que produce siempre Dostoievski es la de miedo y la segunda, de grandeza. También su destino parece a primera vista tan cruel y vulgar como rústico y común se nos antoja su rostro. Al principio uno lo ve como un martirio absurdo, pues estos sesenta años atormentan al decaÃdo cuerpo con todos los instrumentos del suplicio. La lima de la penuria cercena toda la dulzura de su juventud y de su madurez, la sierra del dolor corporal rechina en sus huesos, el tornillo de las privaciones penetra punzante hasta su nervio vital, los ardientes alambres de los nervios se contraen y distienden incesantemente por sus miembros, el fino aguijón de la voluptuosidad excita insaciablemente su pasión. Ningún tormento le es evitado, ningún martirio es olvidado. Una crueldad absurda, una hostilidad ebria de ira, parece ser de entrada su destino. Sólo mirando hacia atrás se comprende que lo forjara con golpes tan duros porque querÃa cincelar en él lo eterno, se comprende que fuera un destino formidable a la medida de un hombre formidable. Pues nada apacible y tranquilo le depara a este ser desmesurado, su camino de la vida en nada se parece a la vereda ancha y bien empedrada de los demás escritores del siglo XIX, en todo momento se presiente aquà el placer de un sombrÃo dios del Destino al atreverse con el más fuerte. La vida de Dostoievski es la de un personaje del Antiguo Testamento, heroica, en nada moderna ni burguesa. Está obligado eternamente a luchar con el ángel como Jacob, a rebelarse contra Dios y a doblegarse como Job. Sin un instante de seguridad ni de reposo, debe sentir siempre la presencia de Dios, que lo castiga porque lo ama. Para que el camino llegue al infinito no puede descansar feliz un solo minuto. A veces parece que el demonio de su destino contiene su cólera y le permite seguir como a los demás por la senda común de la vida, pero la poderosa mano vuelve siempre a levantarse para empujarlo de nuevo a la maleza, entre zarzales ardientes. Si lo encumbra, sólo es para hundirlo en abismos más profundos y mostrarle toda la magnitud del éxtasis y de la desesperación; lo levanta a las alturas de la esperanza, donde otros más débiles se derriten en la lujuria, y lo arroja al abismo del dolor, donde todos los demás se estrellan en la aflicción: como a Job, lo destruye siempre en los momentos de mayor seguridad, le arrebata mujer e hijo, lo aflige con la enfermedad y lo deshonra con el desprecio, para que no cese de disputar con Dios y asÃ, con su rebeldÃa incesante y su esperanza inquebrantable, se haga más merecedor a sus ojos. Es como si aquella época de hombres tibios se hubiera reservado a éste para mostrarle qué masa titánica de placer y tormento todavÃa es posible en nuestro mundo y él, Dostoievski, parece notar vagamente sobre su cabeza la fuerza de esa poderosa voluntad, pues no se defiende de su destino, nunca levanta el puño. El cuerpo contuso se revuelve convulsivamente, de sus cartas brota a veces un grito de angustia como un vómito de sangre, pero el espÃritu y la fe ahogan la revuelta. La conciencia mÃstica de Dostoievski presiente la santidad de esta mano, el sentido trágicamente fructuoso de su destino. De su dolor nace amor al sufrimiento, y con el fuego consciente de su tormento inflama su época y su mundo.