Tres maestros
Tres maestros Por tres veces la vida lo levanta, por tres veces lo derriba. Muy pronto lo ceba con el dulce manjar de la fama: su primer libro le proporciona un nombre; pero rápidamente se apodera de él la dura garra y lo arroja de nuevo al anonimato: la cárcel, trabajos forzados, o sea kátorga, Siberia. Emerge otra vez, ahora todavía más fuerte y animoso: sus apuntes de la casa de los muertos sumen a Rusia en un delirio. El mismo zar humedece el libro con sus lágrimas, la juventud rusa se inflama de entusiasmo por el autor. Dostoievski funda una revista, su voz llega a todo el pueblo, aparecen las primeras novelas. Entonces su existencia material se viene abajo en una fuerte depresión. Las deudas y las cuitas lo fustigan hasta echarlo del país, la enfermedad muerde su carne; como un nómada yerra por toda Europa, olvidado de su patria. Pero por tercera vez, tras años de trabajo y privaciones, emerge de las grises aguas del trance sin nombre: el discurso en memoria de Pushkin lo convierte en el primer escritor y el profeta de su país. Ahora su fama es inextinguible. Pero precisamente ahora lo abate la mano de hierro y el arrebatado entusiasmo de todo su pueblo se estrella impotente contra un ataúd. El destino ya no lo necesita, la cruelmente sabia voluntad lo ha logrado todo; una vez conseguido el máximo fruto espiritual de su existencia, arroja la cáscara vacía del cuerpo.