Tres maestros
Tres maestros Balzac nació en 1799 en la Turena, la provincia de la abundancia, la alegre patria de Rabelais. Junio de 1799: la fecha merece ser repetida. Napoleón —al que el mundo, ya alarmado por sus hazañas, llama Bonaparte— regresó de Egipto este mismo año, mitad victorioso, mitad fugitivo. Había luchado bajo un cielo extranjero, ante las pirámides, testigos de piedra, y demasiado cansado para terminar con tenacidad una obra empezada grandiosamente, había huido a escondidas en un pequeño barco, sorteando las corbetas de Nelson, que lo acechaban; unos días después de su regreso, reunió a un puñado de fieles seguidores, barrió la Convención, que se le oponía, y en un momento se hizo con el poder en Francia. 1799, el año del nacimiento de Balzac, marca el comienzo del Imperio. El nuevo siglo ya no conoce al petit général, al aventurero corso, sino únicamente a Napoleón, emperador de Francia. Diez, quince años más tarde —los años de adolescencia de Balzac—, sus manos ávidas de poder abarcan media Europa, mientras sus ambiciosos sueños se extienden con alas de águila sobre el mundo entero, de Oriente a Occidente. A una persona como Balzac, que vive con tanta intensidad el mundo que lo rodea, no podía dejarla indiferente la coincidencia de sus primeros dieciséis años de vida con los dieciséis del Imperio, quizá la época más fantástica de la historia universal. Pues las primeras experiencias y el destino, ¿no son en realidad dos caras de una misma cosa? El hecho de que alguien, cualquiera, llegue a París de una isla cualquiera del azul Mediterráneo, sin amigos, sin oficio ni beneficio, sin fama ni dignidad, tome posesión del poder desenfrenado, lo sujete y lo lleve de la rienda, el hecho de que alguien, un extraño, completamente solo, se apodere de París sin ayuda de nadie, y luego de Francia y luego del mundo entero, ese capricho aventurero de la historia no llega a conocimiento de Balzac a través de inverosímiles letras impresas entre leyendas e historias, sino que penetra lleno de color, a través de sus sedientos y despiertos sentidos, en su vida personal con mil variopintos recuerdos y realidades que pueblan el mundo todavía virgen de su interior. Tales episodios se convertirán necesariamente en ejemplo. El niño Balzac aprende tal vez a leer en las proclamas que con orgullo y en tono solemne y rudo, casi romano, narran las victorias en tierras lejanas; sus dedos infantiles recorren todavía torpes el mapa en que Francia se extiende poco a poco por Europa como un río desbordado, siguiendo las marchas de los soldados de Napoleón, hoy a través del monte Cenis, mañana de Sierra Nevada, vadeando ríos hacia Alemania, por la nieve hacia Rusia, por el mar ante Gibraltar, donde los ingleses prenden fuego a la flotilla con balas de cañón incendiarias. Quizá los soldados han jugado con él en la calle durante el día, soldados en cuyos rostros los cosacos habían escrito con sus sables las cicatrices que ostentaban; de noche, quizá ha sido despertado a menudo por el furioso tronar de los cañones que se dirigen a Austria para romper la capa de hielo de la caballería rusa en Austerlitz. Todos los anhelos infantiles han debido de reducirse a un nombre estimulante, un pensamiento, una idea: Napoleón. Ante el gran parque que desde París conduce al mundo, se levanta un arco de triunfo con los nombres grabados de las ciudades de medio mundo conquistadas, y ¡cómo ha debido de transformarse este sentimiento de poderío en una inmensa frustración cuando, más adelante, tropas extranjeras desfilarán con músicas y banderas bajo este orgulloso arco! Lo que ocurre fuera, en el agitado mundo, crece hacia dentro como una experiencia vivida. Pronto conoce la tremenda subversión de los valores, tanto los morales como los materiales. Ve cómo los asignados, que tenían asegurado un valor de cien o mil francos con el sello de la República, revolotean llevados por el viento como papel sin valor alguno. En las monedas de oro que se deslizan por su mano figura tan pronto el obeso perfil del rey decapitado como el gorro jacobino de la libertad, o el rostro romano del Cónsul, o Napoleón revestido de emperador. En una época de trastornos tan profundos, en que la moral, el dinero, la tierra, las leyes, las jerarquías, todo lo que durante siglos se ha contenido dentro de sólidas barreras rezuma o se desborda, en una época de tamaños cambios nunca vividos, tuvo por fuerza que darse cuenta de la relatividad de todos los valores. El mundo que lo rodeaba era un torbellino y cuando su mirada mareada buscaba una orientación, un símbolo, una estrella del norte por encima de esta encrespada agitación, sólo encontraba a Uno y al Mismo en medio de las vicisitudes: aquel del cual procedían esos miles de vaivenes y conmociones. Y aun a ése, a Napoleón, llegó a conocer. Lo vio cabalgar en un desfile, con las criaturas engendradas por su voluntad: con Rustan, el mameluco; con José, al que regaló España; con Murat, al que dio Sicilia en propiedad; con Bernadotte, el traidor; con todos aquellos para los que acuñó coronas y conquistó reinos, a los que él había sacado de la nada de su pasado para elevarlos al esplendor del presente. En un segundo se grabó en la retina de Balzac una imagen viva y penetrante, más grande que todos los ejemplos de la historia: ¡había visto al gran conquistador del mundo! Y para un niño, ver a un conquistador, ¿no es lo mismo que desear serlo también? Otros dos conquistadores descansaban también en este momento en dos lugares distintos: en Kónigsberg, donde uno resolvía la confusión del mundo transformándola en una cosmovisión, y en Weimar, donde un poeta poseía este mundo en su totalidad con no menos dominio que Napoleón con sus ejércitos. Pero estas conquistas fueron todavía durante mucho tiempo una meta lejana e inalcanzable para Balzac. El afán de no querer sino siempre el todo, nunca una parte, la avidez de aspirar a la plenitud universal, esta ambición febril, la debe en primer lugar al ejemplo de Napoleón.
