Tres maestros

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Esta formidable voluntad universal no conoce todavía el camino que debe emprender de inmediato. Balzac no se decide de momento por ninguna profesión. De haber nacido dos años antes, a los dieciocho hubiera entrado en las filas de Napoleón, tal vez hubiera asaltado las alturas de la Belle Alliance, barridas por la metralla de los ingleses; pero a la historia universal no le gustan las repeticiones. Al cielo tempestuoso de la época napoleónica siguen días estivales, templados, suaves y reposados. Bajo el reinado de Luis XVIII el sable se convierte en florete, el soldado en cortesano, el político en discursista; ya no es el puño de la acción ni la oscura cornucopia del azar quien adjudica los altos cargos del Estado; son blancas manos femeninas las que distribuyen gracias y favores; la vida pública se cubre de arena y se aplana, las olas encrespadas de los acontecimientos se alisan hasta convertirse en un apacible estanque. Ya no es posible conquistar el mundo con las armas. Napoleón, ejemplo para algunos, es una disuasión para muchos. Y lo mismo el arte. Balzac empieza a escribir. Pero no, como los demás, para acaparar dinero, para divertir, para llenar los estantes de libros, para ser tema de conversaciones de bulevar; no ambiciona un bastón de mariscal en la literatura, sino la corona de emperador. Empieza en una buhardilla. Escribe las primeras novelas con seudónimo, como para probar sus fuerzas. Todavía no es la guerra, sino sólo un juego de guerra; todavía no es la batalla, sólo son maniobras. Insatisfecho con el resultado, descontento del éxito, arroja la pluma; durante tres o cuatro años se dedica a otros oficios, trabaja de escribiente en un despacho de notario, observa, ve, penetra con su mirada el mundo y lo saborea, y luego empieza de nuevo. Pero ahora con aquella formidable voluntad que aspira al todo, con aquel empeño fanático y gigantesco que desestima el detalle, el síntoma, el fenómeno, lo aforístico, para abarcar sólo lo que gira en grandes oscilaciones y escuchar el misterioso engranaje de los impulsos primigenios. De la mezcolanza de los acontecimientos obtener los elementos puros; de la maraña de números, la suma; del estruendo, la armonía; de la plétora de vida, la esencia; meter el mundo entero en su retorta, crearlo de nuevo, en raccourci, en una síntesis precisa, y, así sometido, insuflarle vida con su propio aliento, guiarlo con sus propias manos: ésta es ahora su meta. Nada debe perderse de esta diversidad, y para reducir lo infinito a lo finito, lo inasequible a lo humanamente posible, sólo existe un proceso: la compresión. Todos sus esfuerzos tienden a comprimir los fenómenos, a pasarlos por un tamiz en el que se queda todo lo que no es esencial y sólo se filtran las formas puras, y luego a estrujar estas formas aisladas y dispersas en el rescoldo de sus manos, integrar esa enorme diversidad en un sistema claro y fácil de comprender, como Linneo compendia los millones de plantas en un cuadro sinóptico o el químico las innumerables composiciones en un puñado de elementos: tal es su ambición. Simplifica el mundo para luego domeñarlo, y, una vez sometido, lo encierra en la grandiosa cárcel de La comedia humana. Con este proceso de destilación sus personajes se convierten en tipos, en compendios característicos de una mayoría que una inusitada voluntad artística ha depurado de todo lo superficial y accesorio. Estas pasiones rectilíneas son las fuerzas motrices; estos tipos puros, los actores; y este mundo simplificado con decorados, los bastidores de La comedia humana. Balzac concentra introduciendo en la literatura el sistema administrativo centralizado. De la misma manera que Napoleón, convierte Francia en el recinto del mundo y París en su centro. Y dentro de este círculo, en el mismo París, traza otros círculos: la nobleza, el clero, los obreros, los poetas, los artistas, los sabios. Concentra cincuenta salones aristocráticos en uno solo, el de la duquesa de Cadignan; a cien banqueros en el barón de Nucingen; a todos los usureros en Gobsec; a todos los médicos en Horace Bianchon. Hace convivir a todas estas personas en una estrecha relación, tratarse con frecuencia, enfrentarse con vehemencia. Allí donde la vida engendra mil variedades, él sólo tiene una. No conoce tipos mixtos. Su mundo es más pobre que la realidad, pero más intenso, pues sus personajes son extractos, sus pasiones son elementos puros y sus tragedias, condensaciones. Como Napoleón, comienza con la conquista de París. Después ocupa las provincias una tras otra —cada departamento envía en cierto modo su portavoz al parlamento de Balzac— y luego, como el victorioso Cónsul Bonaparte, lanza sus tropas por todos los demás países. Se expande, manda a sus hombres a los fiordos de Noruega, a las llanuras arenosas y quemadas de España, bajo el cielo de color de fuego de Egipto, a los puentes helados del Beresina, a todas partes, y aun más allá, llega su voluntad de conquistar el mundo, como la de su gran modelo. Y así como Napoleón, descansando entre dos campañas, creó el Code civil, Balzac, descansando de la conquista del mundo en La comedia humana, crea un código moral del amor y del matrimonio, un tratado fundamental y, todavía con una sonrisa, traza sobre el meridiano de su gran obra el alegre arabesco de los Cuentos droláticos. De la miseria más profunda, de las chozas de los campesinos, sube a los palacios de Saint-Germain, entra en los aposentos de Napoleón: por todas partes rasga la cuarta pared y pone al descubierto los secretos de las habitaciones cerradas; descansa con los soldados en las tiendas de la Bretaña, juega a la Bolsa, mira entre bastidores, observa el trabajo del sabio; no hay en el mundo rincón que no ilumine su llama mágica. De dos a tres mil hombres forman su ejército. En efecto, han aparecido como por arte de magia, han crecido de la palma de su mano, han salido de la nada, desnudos, y él los viste, les concede títulos y reinos; como Napoléon a sus mariscales, los vuelve a desposeer, juega con ellos, los azuza unos contra otros. Incontable es la multitud de acontecimientos, inmenso es el paisaje que se abre detrás de ellos. Única en la literatura moderna, como único es Napoleón en la historia moderna, es esta conquista del mundo en La comedia humana, este contener entre dos manos la vida entera, compendiada. Pero el sueño infantil de Balzac era conquistar el mundo, y nada es más fuerte que un intento temprano que se convierte en realidad. No en vano había escrito bajo un retrato de Napoleón: «Ce qu’il n’a pu achever par l'epée je l’accomplirai par la plume».


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