Tres maestros

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Y como él son sus héroes. Todos poseen el afán de conquistar el mundo. Una fuerza centrípeta los lanza fuera de la provincia, de la patria chica, hacia París. Ahí está su campo de batalla. Cincuenta mil jóvenes, un ejército, avanzan hacia la capital, con una fuerza virgen, todavía no puesta a prueba, con una energía confusa, deseosa de descargar, y aquí, en un espacio reducido, chocan entre sí como proyectiles, se aniquilan, se empujan hacia la cumbre, se arrastran al abismo. Nadie tiene un puesto reservado. Cada cual tiene que ganarse la tribuna de orador, y forjar ese metal flexible duro como el acero y que se llama juventud para convertirlo en un arma, concentrar sus energías en un explosivo. Balzac puede preciarse de haber sido el primero en demostrar que esta lucha en el seno de la civilización no es menos encarnizada que la de los campos de batalla: «Mis novelas burguesas son más trágicas que vuestras tragedias», lanza a los románticos. Pues lo primero que estos jóvenes aprenden en los libros de Balzac es la ley de la implacabilidad. Saben que son demasiados y que tienen que devorarse —la imagen es de Vautrin, el favorito de Balzac— como arañas en un tarro de cristal. Tienen que templar en el veneno ardiente de la experiencia las armas forjadas en la juventud. Sólo el que sobrevive tiene razón. Vienen de los treinta y dos puntos de la rosa de los vientos como los sans-culottes del Gran Ejército, se destrozan los zapatos camino de París, el polvo de las carreteras se les pega a la ropa y su garganta se abrasa con la terrible sed de placer. Y cuando miran a su alrededor en esta nueva y mágica esfera de la elegancia, la riqueza y el poder, se dan cuenta de que, para conquistar esos palacios, esas mujeres y estos dominios, de nada les sirve lo poco que llevan consigo. Comprenden que, para poder aprovechar sus facultades, tienen que fundirlas de nuevo y transformar la juventud en tenacidad, la inteligencia en astucia, la confianza en perfidia, la belleza en vicio, la temeridad en hipocresía. Pues los héroes de Balzac son de lo más codiciosos, aspiran a todo. Todos viven la misma aventura: un tílburi cruza veloz por delante de ellos, salpicándolos de lodo, el cochero esgrime el látigo; dentro del coche va una mujer joven, en su pelo brilla una joya. Una mirada pasa flotando como una ráfaga de viento. Es seductora y hermosa, un símbolo de placer. Y todos los héroes de Balzac tienen un solo deseo en este momento: ¡Para mí esta mujer, el coche, los criados, la riqueza, París, el mundo! Los ha corrompido el ejemplo de Napoleón, para quien todo poder es venal y está al alcance incluso del más humilde. No luchan, como sus padres, por un viñedo en la provincia, por una prefectura o una herencia, sino por símbolos, por el poder, por subir hasta el círculo de luz en que brilla el sol imperial de la flor de lis y el oro se escurre entre los dedos como agua. Y así nacen aquellos grandes ambiciosos a los que Balzac atribuye músculos más poderosos, elocuencia más vehemente, impulsos más enérgicos y una vida, aunque más breve, más intensa que a los demás. Son hombres cuyos sueños se hacen realidad, poetas que, como él dice, escriben en la materia de la vida. Dos caminos distintos se abren al caminante: uno para el genio, otro para el hombre vulgar. Cada cual debe encontrar el método propio de alcanzar el poder o aprender el de otros, el método de la sociedad. Caer mortíferamente como una bala de cañón sobre los demás, que obstaculizan el camino entre él y el objetivo, o envenenarlos insidiosamente como la peste, aconseja Vautrin, el anarquista, el grandioso personaje predilecto de Balzac. En el Barrio Latino, donde el mismo Balzac había comenzado en un pequeño cuartucho, se reúnen también sus héroes, las formas primitivas de la vida social: Desplein, el estudiante de medicina; Rastignac, el arribista; Louis Lambert, el filósofo; Bridau, el pintor; Rubempré, el periodista; un cenáculo de jóvenes no moldeados, caracteres puros y rudimentarios, y, sin embargo, son la vida entera agrupada alrededor de la mesa de la legendaria pensión Vauquer. Mas luego, vertidos en la gran retorta de la vida, cocidos en el fuego de las pasiones y luego enfriados y solidificados en los desengaños, sometidos a las múltiples acciones de la naturaleza social, a fricciones mecánicas, atracciones magnéticas, disoluciones químicas y descomposiciones moleculares, esos hombres se transforman, pierden su verdadero ser. El temible ácido que se llama París disuelve a unos, los corroe, los segrega, los hace desaparecer, y en cambio cristaliza a otros, los endurece y petrifica. Se operan en ellos todos los procesos de cambio, teñido y ajuste, los elementos fusionados se convierten en nuevos conjuntos, y diez años después los que han quedado, los transformados, se saludan con sonrisas jactanciosas de inteligencia en el apogeo de la vida: Desplain, el famoso médico; Rastignac, el ministro; Bridau, el gran pintor, mientras la pesada rueda ha aplastado a Louis Lambert y a Rubempré. No en vano Balzac amaba la química y estudió la obra de Cuvier y de Lavoisier, pues en este múltiple proceso de acciones y reacciones, de afinidades, repulsiones y atracciones, separaciones y concentraciones, disoluciones y cristalizaciones, en la simplificación atómica de lo sintetizado, le parecía más clara que en cualquier otro lugar la imagen de la estructura social. Para Balzac era un axioma el que toda pluralidad influía en la unidad no menos que la unidad en la pluralidad —una idea suya que él llamaba lamarquismo y que más tarde Taine fijó en conceptos—, todo individuo era un producto formado por el clima, el medio, las costumbres, el azar, por todo aquello que lo afecta fatalmente, todo individuo absorbía su identidad de la atmósfera que lo envolvía para a su vez irradiar otra nueva: el axioma de que todo está condicionado por el mundo interior y el exterior.


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