Tres maestros
Tres maestros Y entonces, en el último momento, el más apremiante, el Destino dice: basta. Dios vuelve de nuevo su rostro hacia Job: a los cincuenta y dos años Dostoievski puede regresar a Rusia. Sus libros le han granjeado simpatías y han hecho olvidar a Turguéniev y a Tolstói. Rusia sólo tiene ojos para él. El Diario de un escritor lo convierte en heraldo de su pueblo, y con las últimas fuerzas y el arte más depurado termina su legado a las generaciones futuras de la nación: Los hermanos Karamázov. Y, ahora, finalmente el Destino le revela el sentido de su vida y ofrece al hombre tantas veces probado un segundo de suprema felicidad para mostrarle que la simiente de su vida empieza a dar una cosecha interminable. Por fin para Dostoievski el triunfo se concentra en un instante al igual que antes el tormento, su Dios le manda un rayo, pero no uno que lo derribe, sino uno que lo arrebate para llevárselo como a los profetas a la eternidad en un carro de fuego. Los grandes escritores de Rusia son invitados a pronunciar discursos para festejar el centenario del nacimiento de Pushkin. Turguéniev, el occidentalista, el escritor que toda la vida le usurpó la fama, tiene la preferencia y recibe un aplauso tibio y complaciente. Al día siguiente tiene la palabra Dostoievski y la esgrime con demoníaca embriaguez como un rayo. Con llamas de éxtasis, que como una tormenta salen de golpe de su débil y ardiente voz, anuncia la sagrada misión de la reconciliación de todos los rusos; cuantos le escuchan caen de rodillas ante él, como segados. La sala tiembla bajo la explosión de júbilo, las mujeres le besan las manos, un estudiante cae sin sentido ante él, los demás oradores renuncian a tomar la palabra. El entusiasmo no tiene límites y sobre la cabeza de Dostoievski se enciende la aureola de fuego junto a la corona de espinas.