Tres maestros

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Algo más quería su Destino: mostrar en un minuto candente el cumplimiento de su misión, el triunfo de su obra. Después, una vez salvado el fruto puro, arroja la reseca cáscara de su cuerpo. El 10 de febrero de 1881 muere Dostoievski. Un escalofrío recorre Rusia. Un momento de duelo silencioso. Mas luego se convierte en un torrente: de todas las ciudades, aun las más lejanas, acuden delegaciones simultáneamente y sin acuerdo previo para rendirle el último tributo. De todos los rincones de «la ciudad de las mil casas» se levanta como la espuma — ¡demasiado tarde, demasiado tarde!— el amor extático de la multitud, todos quieren ver al difunto que en vida habían olvidado. La calle de los Herreros, donde se ha instalado la capilla ardiente, hierve de gente enlutada, un gentío grave sube lentamente y en estremecido silencio las escaleras de la casa obrera y llena las angostas habitaciones hasta tocar el ataúd. Al cabo de unas horas ha desaparecido el festón que lo cubría, porque cien manos se llevan flores como precioso recuerdo. La atmósfera del pequeño aposento se hace tan sofocante, que las velas no tienen aire con que alimentarse y se apagan. Cada vez es más numerosa la multitud que se apretuja en un constante flujo y reflujo ante el cadáver. El ataúd se balancea a causa de la afluencia y está a punto de volcarse: la viuda y los asustados niños tienen que sostenerlo con las manos. El jefe de policía quiere prohibir el entierro público, porque los estudiantes planean llevar las cadenas del presidiario detrás del féretro, pero finalmente no se atreve a oponerse a un entusiasmo que sólo con las armas se vería capaz de contener. Y en la comitiva fúnebre se hace de repente realidad por una hora el sagrado sueño de Dostoievski: la Rusia unida. Así como en su obra todas las clases y condiciones sociales de Rusia se unen gracias al sentimiento de hermandad, también los cientos de miles de ciudadanos que acompañan su féretro son una sola masa gracias a su dolor común; jóvenes príncipes, fastuosos popes, obreros, estudiantes, oficiales, lacayos y mendigos, todos lloran con un solo clamor al querido difunto bajo un ondeante bosque de banderas. La iglesia en que se celebran sus exequias es toda ella un jardín de flores, y ante su tumba abierta todos los bandos se unen en un juramento de amor y admiración. Así, en su hora postrera, Dostoievski obsequia a su pueblo con un momento de reconciliación y contiene por última vez, con fuerza demoníaca, las rabiosas contradicciones de su época. Y como una grandiosa salva en honor del difunto estalla tras su paso la espantosa mina: la revolución. Tres semanas más tarde el zar muere asesinado, retumba el trueno del alzamiento, los rayos de la represión sacuden el país: como Beethoven, Dostoievski muere en medio del sagrado tumulto de los elementos, en medio de una tempestad.


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