Tres maestros

Tres maestros

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Así, el último y único secreto de Dostoievski, la fuente de fuego de sus éxtasis de la que emanan sus creaciones, es el abandono sin límites y sin tregua, sin defensas pero con conocimiento, a su destino dual. Precisamente porque le fue dada una vida tan llena, porque se le abrieron en el dolor infinitos horizontes de sensaciones, amó la vida, una vida atroz y afable, divina e incomprensible, eternamente inaprensible y eternamente mística. Pues su medida es la plenitud, el infinito. Nunca en su vida quiso que aflojara el embate de las olas, sino que sólo para él fuera más concentrado e intenso, y por eso nunca esquivó los peligros, tanto interiores como exteriores, porque al fin y al cabo eran posibilidades de sensaciones, incitaciones para los nervios. A fuerza de entusiasmo y de éxtasis hizo crecer todo cuanto estaba en germen en su interior, el germen del bien y el del mal, los vicios y las pasiones, no extirpó ningún peligro de su sangre a sabiendas. Sin descanso, el jugador que llevaba dentro se entregó como envite al apasionante juego de las fuerzas, pues sólo en el girar del rojo y el negro, muerte o vida, experimentaba con dulce vértigo toda la voluptuosidad de su existencia. «Tú me has metido y tú me sacarás», es, con Goethe, su respuesta a la naturaleza. Jamás se le ocurre corriger la fortune, mejorar la suerte, esquivar el destino, hacerlo flaquear. Jamás buscó la consumación, el remate, el descanso final, sino sólo intensificar la vida en el dolor; pujó cada vez más alto para llevar sus sentidos a nuevas tensiones, pues no era a él mismo a quien quería ganarse, sino la suma más alta de sensaciones. No quiere, como Goethe, cristalizarse, reflejar fríamente con cien caras el agitado caos, sino permanecer como una llama, autodevorándose, consumiéndose todos los días para elevarse de nuevo todos los días, repitiéndose eternamente, pero siempre con acrecentada fuerza y alimentándose del contraste cada vez más marcado. No quiere señorear la vida, sino sentirla. No ser el dueño de su destino, sino su fanático esclavo. Y sólo así, como «siervo de Dios», el más abnegado de todos, pudo llegar a ser el más sabio conocedor de todo lo humano.


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