Tres maestros
Tres maestros Coloquemos a sus héroes ante otro cuadro para comprender mejor su maravillosa singularidad. Comparémoslos. Si recordamos a un héroe de Balzac como tÃpico de la novela francesa, de modo inconsciente nos representamos una imagen de lo rectilÃneo, de lo cerrado e internamente acabado. Un concepto claro y sujeto a leyes como una figura geométrica. Todos los personajes de Balzac están hechos de una misma sustancia que la quÃmica del alma puede analizar con toda exactitud. Siendo elementos puros, poseen todas las propiedades esenciales que como tales les corresponden, por tanto también las formas tÃpicas de reacción en el plano moral y en el psÃquico. Apenas si son hombres ya, sino casi propiedades hechas hombre, máquinas de precisión de una pasión. Al lado de cada nombre que aparece en Balzac se puede colocar una propiedad correlativa: Rastignac es sinónimo de ambición; Goriot, de sacrificio; Vautrin, de anarquÃa. En cada uno de estos hombres una fuerza motriz dominante absorbe todas las demás fuerzas interiores y las impulsa en la dirección que marca la voluntad central de vivir. Estos héroes se pueden clasificar por categorÃas, pues sus almas llevan incorporado un único resorte que con una determinada cantidad de energÃa los impulsa a través de la sociedad: lanza como proyectiles en medio de la vida a esos jóvenes. Exagerando el sentido, uno se siente tentado de llamarlos autómatas por la precisión con que reaccionan a cualquier estÃmulo vital, y en realidad son como máquinas en su despliegue de fuerzas, y en su resistencia, factores que un técnico podrÃa calcular. Quien esté algo familiarizado con Balzac puede prever la respuesta de un personaje a determinados hechos, igual que se calcula la parábola de una piedra lanzada por su peso y la fuerza del lanzamiento. Grandet, el Harpagón, será más avaro a medida que su hija se manifieste más heroica y dispuesta al sacrificio.