Tres maestros
Tres maestros El proceso de observación de Dostoievski, en cambio, no se puede disociar de lo demoníaco. Si el arte es ciencia para aquéllos, el suyo es nigromancia. No practica la química experimental, sino la alquimia de la realidad; no la astronomía, sino la astrología del alma. No es un investigador frío. Como ardiente alucinado, dirige la mirada hacia las profundidades de la vida como en una pesadilla demoníaca. Y, sin embargo, su versátil visión es más perfecta que la observación sistemática de los otros. No calcula, y, sin embargo, su medida es infalible. Sus diagnósticos de visionario captan el misterioso origen de un fenómeno mientras él todavía arde de fiebre sin siquiera tomarle el pulso. En su saber hay algo de interpretación de los sueños y de clarividencia, y en su arte, algo de magia. Como por encanto penetra la corteza de la vida y se embebe de su savia dulce y fluida. Su mirada siempre procede exclusivamente de las profundidades de su ser sin duda omnisciente, de la médula y el nervio de su naturaleza demoníaca, pero supera a todos los realistas en verosimilitud y realidad. Lo conoce todo místicamente por dentro. Le basta una señal para captar fáusticamente el mundo. Le basta una mirada para convertirla en imagen. No necesita dibujar mucho ni la pesada tarea de bajar a los detalles. Dibuja con magia. Recordemos las grandes figuras de este realista: Raskólnikov, Aliosha y Fiódor Karamázov, Myshkin, a las que tenemos tan presentes en nuestros sentimientos. ¿Dónde los describe? En tres líneas quizás esboza su rostro con una especie de taquigrafía gráfica. Dice de ellos apenas una palabra de acotación, traza sus rostros con cuatro o cinco frase sencillas, eso es todo. La edad, la profesión, la clase social, el vestido, el color del pelo, la fisonomía, todo esto en apariencia tan esencial para la descripción de los personajes lo concentra en breves trazos estenográficos.