Una Partida de ajedrez
Una Partida de ajedrez Una tarde de invierno, mientras los dos jugadores se encontraban sumergidos en su partida diaria, comenzó a escucharse en las calles de la aldea, cada vez más cerca, el sonido de los pequeños cascabeles de un trineo. Un campesino, con la boina cubierta de nieve, irrumpió a gran velocidad: su anciana madre estaba agonizando; ¿podría el sacerdote ir rápidamente a darle la extremaunción antes de que ella muriera? Sin dudarlo siquiera un instante, el sacerdote siguió al campesino. El policía, que aún no había terminado su vaso de cerveza, encendió otra pipa para dar por cerrada la noche. Estaba a punto de calzarse sus pesadas botas cuando notó que Mirko miraba de manera fija e inamovible el tablero de ajedrez y la partida inconclusa.
“¿Te gustaría terminarla?”, bromeó, convencido de que el muchacho adormilado no tendría la menor idea de cómo mover correctamente ninguna de las piezas en el tablero. Pero el muchacho levantó la vista con timidez, asintió y se sentó en la silla del sacerdote. Catorce movimientos después había vencido al policía, y lo que es más, este tuvo que admitir que su derrota no podía atribuirse a un descuido involuntario. La segunda partida tuvo el mismo resultado.
