Sin testigos

A. Rolcest


El jinete que vestía con elegancia y calzaba brillantes botas de tubo, puso el alazán al paso apenas dejar el camino general y emprender un sendero que conducía a una tupida arboleda. Allí estaban esperándole. Era un individuo que vestía ropa de vaquero, muy sucia. Estaba empapado de sudor y cuando llegó el elegante soltó una exclamación de alegría: ?¡Temí llegar tarde, Rand! Por poco reviento el caballo. La montura del que había hablado estaba sujeta a unas matas, con el pelaje cubierto de espuma.
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