Un diablo suelto

Clark Carrados

Abajo, en el pozo, la mujer emitía unos gritos horripilantes.De pronto, la anaconda se enroscó en torno a su cuerpo.Un espeluznante chillido brotó de sus labios. Sheridan captó el horrible ruido de unos huesos que crujían y se rompían en multitud de fragmentos. Súbitamente, unos surtidores de roja sangre brotaron por boca y nariz de la mujer, cuyos movimientos cesaron en el acto.La anaconda apretó todavía unos momentos. Luego, desenroscándose, empezó a buscar la mejor posición para ingerir su presa. Cuando Sheridan vio que la cabeza desaparecía en el interior de la bocaza del reptil, creyó que iba a desmayarse.
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