Las damas de la muerte remota

Curtis Garland

Levantó la pistola. Era un arma poco común. Un «Colt Special», calibre 45, muy peculiar, con cañón pavonado. El enorme silenciador, remataba con su maciza forma la colosal automática. Aquella especie de cañón portátil hizo fuego. El sonido del disparo no salió nunca. No es que el arma hiciera el típico «ploc» ahogado de un arma vulgarmente silenciada. Es que, sencillamente, no hubo nada. Si acaso, el silbido de la bala en el aire. Un silbido tenue. Ni estampido, ni sonido ahogado, ni nada. Era el silenciador perfecto, total, absoluto. Las balas eran mudas, pero mortíferas.
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