Oro sucio

Kelltom Mcintire

?Lárgate ?gruñó, colérico, el sargento detective McGee. El joven que estaba tendido sobre el camastro se puso en pie perezosamente y se estiró como un felino. Tenía unos brazos largos y musculosos y unos hombros prodigiosamente anchos, cuadrados. Los músculos, elásticos y abultados, podían adivinarse sin esfuerzo bajo el fino suéter de manga corta. Contemplándole, el sargento se sintió admirado, bien a su pesar.
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