Al final mueren los dos
Al final mueren los dos Rufus contactó a los Plutones, su improvisada familia en la casa de acogida, y organizaron un encuentro en una plaza cercana. En menos de una hora, llegaron con un parlante portátil, comida rápida y una energía contagiosa que llenó el lugar.
—¡Hoy celebramos la vida de dos grandes! —anunció Malcolm, uno de los Plutones, levantando una botella de refresco como si fuera champaña. Mateo, nervioso al principio, poco a poco se dejó llevar por la calidez de los desconocidos que lo trataban como si lo conocieran de toda la vida.
—¿Alguna vez bailaste? —preguntó Rufus, tendiéndole la mano. Mateo negó con la cabeza, sonrojándose. —Pues hoy no hay excusas. Vamos.
Rufus lo arrastró al centro de la improvisada pista de baile, donde ambos se movieron torpemente al ritmo de una canción alegre. Las risas eran sinceras, y por un momento, la idea de que el tiempo se agotaba quedó suspendida.
Cuando la noche empezó a caer, Mateo miró el reloj y sintió un nudo en el estómago. Cada minuto era más precioso que el anterior. Rufus, percibiendo su inquietud, lo tomó del hombro. —Todavía nos queda tiempo. Vamos a aprovecharlo.