La ratonera
La ratonera El pasado empieza a filtrarse por las rendijas. Una vieja canción infantil —"Tres ratones ciegos…"— suena en la mente de alguien. Una carta. Un recuerdo. Un crimen olvidado que pide venganza.
Y así comienza el encierro.
La nevada ha sellado la casa. No hay teléfono. No hay salida. En Monkswell Manor, el tiempo se congela… junto con los nervios de los presentes. El sargento Trotter, ya instalado en la mansión, no pierde tiempo.
—No se trata solo de una advertencia —dice mientras extiende una hoja escrita a mano—. Esta nota apareció junto al cuerpo de la víctima. Solo decía: “Esta es la primera. Habrá dos más. Tres ratones ciegos”.
Nadie reacciona. Nadie, salvo Wren, que tararea de forma inquietante la melodía infantil. —Qué canción tan macabra, ¿verdad? —dice, como si disfrutara del terror ajeno—. Uno se pregunta quién será el segundo ratón…
Las preguntas se suceden. ¿Quién conocía a la víctima? ¿Qué relación podría tener alguien allí con aquel crimen?
—Es simple —declara Trotter—. El caso Lyon. Una mujer condenada por maltrato infantil. Dos hermanos separados en orfanatos. Uno murió. El otro... desapareció. Ahora, alguien quiere venganza.
