Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa El Diluvio.
18 y 19 de diciembre.
¡Jesús! ¡Jesús! Yo creía haber visto llover en los años que llevo sobre la tierra; pero estaba muy equivocado. En Europa no llueve: cuando más, llovizna. Una deshecha tempestad de verano, de esas que nos parecen ahí el fin del mundo, es apenas blando rocío en comparación del aguacero que ha caído sobre nosotros. ¡Bien decía yo el otro día! ¡Todo lo perteneciente al África tiene un carácter descomunal, atroz, enorme, como su estructura!
¡Esto no ha sido llover, sino hundirse el cielo! ¡Desde anteanoche, cuando dejé la pluma, hasta el momento en que la vuelvo a coger, han pasado treinta y seis horas, durante las cuales las nubes han estado volcando incesantemente sobre estos montes una masa de agua, compacta, unida, ponderosa, como el primer tercio de la catarata del Niágara; como las inundaciones de Holanda, cuando el mar rompe los diques; como el Diluvio universal!
¿A qué debemos nuestra salvación? ¡Yo no lo sé! ¡Las tiendas se han caído, y el agua se las ha llevado al fondo del barranco; se han ahogado caballos y mulas; el terreno ha cambiado de fisonomía; un río, o, por mejor decir, un lago, separa esta mitad de nuestro Campamento de la otra mitad; el propio mar parece más repleto, y una larga faja amarilla señala sobre sus cristales el paso del aluvión que ha recibido!