Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Al mismo tiempo que se hable y se piense de este modo en la infiel Sierra-Bullones, los barcos de todos los pueblos de Europa, al cruzar esta noche el Estrecho de Gibraltar, verán a lo lejos las hogueras del ejército español acampado a cielo raso en las soledades de África; y así los rudos marinos como los impresionables pasajeros, sea cualquiera su religión, su patria o su idioma, enviarán un saludo de entusiasmo y simpatía a los nobles soldados del evangelio, a los mantenedores de la civilización, a los heroicos hijos de la inmortal Iberia.
¡También desde Gibraltar se divisarán nuestros hogares de campaña! Pero ¿quién puede adivinar lo que pensarán allí los amigos de los moros? Hago demasiado honor a sus virtudes domésticas, a su buen sentido y a su notoria religiosidad, para no creer que en esta hora solemne sentirán rubor y hasta remordimientos por los públicos consejos y secreta ayuda que están dando en contra nuestra a un pueblo que es horror y escándalo de las naciones. ¡Oh! Sí… ¡No puedo dudarlo ni un momento! Nuestros ocultos enemigos nos harán justicia siquiera por esta noche, y se confesarán a sí mismos, no sin cierto bochorno, que nuestra conducta es más noble, mas digna, más honrosa que la suya. ¡Pero, si yo me engaño, y ni aun de este arranque de generosidad son capaces, compadezcamos su pobreza de alma, y busquemos con la imaginación seres más privilegiados!