Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Esto me tranquilizó, por cuanto revelaba seguridad de vencer en el combate ya principiado, y resolución de acampar en el sitio que más nos conviniera.
En aquel momento volvió mi criado, descompuesto el rostro y presa de la mayor agitación.
—¡Se da una gran batalla! —me dijo—. Los Húsares de la Princesa han cargado, llegando hasta el Campamento moro… ¡Tenemos muchos muertos…, muchos! ¡El enemigo no quiere dejarnos pasar por los Castillejos!… Allí esperaba a los nuestros toda la morería; pero el general Prim se está portando como un héroe… Los Húsares han hecho el gasto… Los dos escuadrones están reducidos a la mitad.
¡Figuraos mi agonía! La imaginación, que todo lo abulta, me hizo temer todo linaje de complicaciones… ¡Había llegado, pues, el caso de realizar mi plan de la víspera, el cual era abandonar mi ya inactivo cuerpo de ejército, para ir a unirme a los que marchaban de vanguardia!… Ros de Olano me perdonaría.
Monté, pues, a caballo como Dios me dio a entender, y partí… ¿A dónde? ¡En busca de la patria en peligro!…¿Para qué? ¡Para nada, triste de mí, que de nada podía valerle!… ¡Para morir por ella, en todo caso!
A poco que anduve me encontré a un jinete que subía lentamente por en medio del valle del Tarajar.