Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Venía muy pálido, y regía su caballo con la mano derecha. La izquierda la traía oculta bajo los pliegues de su poncho.
Era D. Cándido Pieltaín, el coronel del Príncipe, que se retiraba del combate con el brazo izquierdo atravesado por una bala.
Por él supe que la batalla no se presentaba tan mal como se me había hecho suponer, pero que era reñidísima; que el general Prim avanzaba siempre sobre los enemigos, y que los escuadrones de Húsares se habían rehecho después de devolver a la alevosa morisma daño por daño, muerte por muerte, y de haberle arrebatado una bandera.
El bravo coronel siguió a caballo por el camino de Ceuta, impávido, sereno, excitando tanta piedad como admiración, y yo continué mi marcha hacia los Castillejos, algo más alegre y confiado.
Toda la carretera (de una legua de longitud) se hallaba cubierta de heridos que venían en camillas, en mantas, sobre los hombros de sus compañeros, y hasta sentados en cruces, de fusiles…
Por aquella gente fui sabiendo pormenores y episodios, o sea triunfos y desgracias particulares, que no me daban verdadero conocimiento del comienzo y desarrollo de la batalla.