Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa A cosa de las ocho se disipó la niebla completamente, y pudimos distinguir en la vecina playa un numerosísimo hormiguero de soldados que procuraban comunicarse con los botes y lanchas que ya se acercaban a la orilla; pero tal comunicación era aún más difícil, a causa del ímpetu con que reventaban las olas en la arena.
Sin embargo, los soldados, por una parte (metidos en el agua hasta la cintura), y los marineros por otra (haciendo prodigios de valor), lograban pasar a tierra algunas provisiones de las más urgentes…
Las más urgentes eran tres: tabaco para la tropa, que no se acordaba del pan y clamaba por un cigarro; heno para los caballos y acémilas, que se morían materialmente de hambre, y el correo de España, pasto y vida de todos los corazones…
He de advertir que esto lo veía yo ya desde un botecillo que corría de un lado a otro de la playa buscando algún punto de fácil acceso, o sea, paraje en que atracar con algunas probabilidades de no irse a pique.
Tenemos mar de tres olas… —me dijo el patrón del bote—: La primera nos acercará a la orilla; la segunda nos pondrá sobre la arena; la tercera nos hará varar. ¡Entonces (se lo prevengo a usted) tendrá que darse prisa a saltar sobre los hombros de un marinero que lo ponga en seco, antes de que vengan otras tres olas y le obliguen a tomar un baño! Conque, vamos allá. ¡Agarrarse!