Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Amanecía, como digo. La faja de oro que a nuestra espalda esclarecía el oriente, reverberaba en las aguas y venía a reflejarse en las brumas de la parte occidental del horizonte, tiñéndolas de un ligero carmín. La mar azul, bordada de anchurosas espumas, recortaba los contornos de la cercana tierra. Una neblina desigual, y próxima a romperse, envolvía entre sus impalpables gasas las hogueras del campamento, haciéndolas aparecer como astros moribundos. Las inmóviles lagunas reflejaban pálidamente aquellas lumbres rojizas, y la claridad refractada daba a su vez un tinte de violeta a los vapores que habían emanado de aquellas muertas aguas… Entretanto, las cumbres de los montes asomaban por encima de la niebla su noble frente, en que ya daba el sol, asemejándose a otras tantas islas levantadas sobre un mar de nubes. En el azul de la despejada atmósfera se destacaban las tiendas y las figuras humanas que coronaban aquellas alturas, y en el fondo de los barrancos se veían brillar algunas filas de bayonetas, que centelleaban entre la bruma como largas saetas de brillantes. A esta decoración de tan maravillosas luces y vistosos colores, añadidle el atractivo patriótico, el prisma de las penalidades pasadas y de mis once días de ausencia; los cuarenta o cincuenta buques que nos rodeaban, ansiosos de derramar en aquella playa todo género de auxilios y socorros; el cadencioso estrépito de la mar, no recobrada aún de su prolongado exceso de ira, y la armonía lejana de las músicas que saludaban al sol de los combates…, y alcanzaréis a imaginar un pálido trasunto de tan hermoso panorama.