Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Pero dejémonos de estas pequeñeces, y hablemos de nuestro desembarco de esta mañana.
Al ser de día me despertó la luz del alba, penetrando hasta mi camarote al través de recio cristal, el que a veces se estrellaba la espuma de las olas, mientras que otras veces solo me permitía ver el cielo, según que el balanceo del barco enfilaba la ventana hacia el cenit o hacia el abismo. Dudaba yo si aquella claridad sería del sol o de la luna, cuando los ecos remotos de la diana del campamento llegaron a mis oídos, anunciándome que la tierra saludaba ya al nuevo día. No de otra manera, cuando se vive en el campo, se conoce la llegada del amanecer por el concierto de las aves.
Levantéme, pues, y subí sobre cubierta.
¡Qué vista la de nuestros Reales! ¡Qué cuadro tan fantástico y pintoresco! No recuerdo quién dijo a mi lado, señalando a la banda del vapor que miraba a tierra: Si este balcón estuviese en Madrid, ¡qué caras se pagarían sus vistas!… Y, en efecto, el espectáculo que se distinguía desde aquel balcón no podía ser más interesante para todo buen hijo de la patria.