Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa ¡Ah! Se me olvidaba… El guardia civil me ha regalado mi caballo, o, lo que es lo mismo, me ha perdonado generosamente el fabuloso precio de la fanega de cebada. He vuelto, pues, a abrazar a mi pobre África, no como señor, sino como amigo.
¡Nadie sabe cuánto llega uno a amar en la guerra a su caballo; a este compañero de penas y fatigas, tan humilde y resignado para servirnos, como valeroso y soberbio en la pelea; que participa de todos nuestros peligros, y que no disfruta ninguna de nuestras glorias!
Aún cojo la pluma por segunda vez, después de haberla soltado, para deciros en confianza que, prescindiendo del patriotismo y de la poesía, mi calabozo alfombrado de Ceuta era mucho más confortable que mi templo pantanoso de Río Azmir…
¡Qué frío!, ¡qué viento!, ¡qué humedad!…, y ¡qué mala cena!
Sin embargo, prefiero dormir aquí.