Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa De mí sé decir que más de una vez salí anoche de mi tienda para ver las hogueras de los campamentos enemigos, sobre todo las del recién plantado, que allá lucían entre las sombras como otros tantos ojos que nos espiasen…
Aún era de noche, y hacía bastante frío, cuando nos despertó la diana.
—¡Abajo esas tiendas! ¡Abajo esas tiendas! —gritaban los jefes por todos lados, no dando la orden a son de corneta para no prevenir a los moros.
Salí, pues, de mi casa, a fin de que la derribasen; y por pronto que quise volver a verla, ya no pude encontrar el sitio en que había estado edificada, y en que yo había pasado la noche.
Entretanto, hacíanse equipajes por todos lados, a la luz de las fogatas y de algunas linternas de mala muerte; cargábanse las acémilas; dábase orden a los brigaderos de marchar con ellas por la llanura, a lo largo de Cabo Negro, hacia la orilla del mar; y todo el mundo apresurábase a tomar un bocado y un poco de café, preparándose así, aunque tan fuera de hora, contra las eventualidades del próximo día…