Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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Algunos minutos después, la rada estaba materialmente cubierta de naves. Entre grandes buques de guerra, vapores de transporte, barcos de vela, cañoneras y guardacostas, contamos más de ciento…

El encargo de las cañoneras era batirse en primera línea contra las baterías rasantes que los moros habían construido en la playa… con ayuda de vecinos… Los otros buques de guerra de alto bordo dispararían contra Fuerte Martín y la Aduana. En los vapores-transportes venían los ocho batallones de la División Ríos. Y, en fin, los guardacostas tenían orden de penetrar oportunamente en la ría, o sea en el río Martín (que, como ya he dicho, es navegable), con gran dotación de tiradores protegidos por cañoneras, y disparar de flanco contra los moros, caso de empeñarse una batalla.

Cuantos conocíamos semejantes pormenores del programa de hoy, estábamos deshechos por ver cómo iban sucediendo las cosas previstas…

En esto se oyó un cañonazo, que resonó en nuestros corazones más que en nuestros oídos… ¿Quién lo había disparado? ¿Las baterías de los moros o nuestros buques?

Un largo silencio vino a demostrarnos que el cañonazo había sido nuestro. A ser de los moros, nuestra escuadra le hubiera contestado inmediatamente.


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