Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa En el ínterin (¡oh desdicha!), la bruma que desde el amanecer cubría las olas se había extendido y hecho más espesa, hasta borrar, por decirlo así, del panorama que contemplábamos, primero la escuadra, luego la costa, después los fuertes del llano, y por último Tetuán y todo cuanto nos rodeaba… ¡Quedamos, pues, como en medio de las tinieblas!
A las ocho y media sonaron dos o tres cañonazos más, que nos alarmaron bastante; pero ni el fuego continuó, ni nuestras avanzadas dieron aviso de ver moverse al enemigo por la llanura…
—Todo va bien… —pensamos entonces.
A las nueve seguía la niebla; pero a veces se aclaraba por algunos puntos, como si el viento la desgarrase, y nos dejaba distinguir, medio veladas, dos o tres embarcaciones que parecían flotar en las nubes, muchas bayonetas reluciendo en la playa, y la mancha cuadrada y negra de algún batallón formado… ¡Indudablemente, las tropas de la División Ríos desembarcaban sin dificultad!
Por último, cerca ya de las diez, oímos el son de las músicas y de redoblados vivas…
Al mismo tiempo aclarose algo y vimos ondear la bandera encarnada y amarilla en Fuerte Martín y en el Almacén inmediato.
¡Ríos había desembarcado, en efecto!