Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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Después de tres días de completo descanso para todo el ejército (menos para los ingenieros, quienes han trabajado sin cesar en el Reducto de la Estrella), despertonos ayer, 23, la poderosa voz de cien cañones, que, resonando en mar y tierra con redoblados ecos, nos hizo sospechar si se habría prolongado nuestro sueño más de lo permitido, e irían ya muchas horas de reñirse una gran batalla a que estaríamos faltando ignominiosamente.

Empero poco después observamos que el alegre toque de diana se unía al ronco son de tan extraño cañoneo, lo cual quería decir que estaba amaneciendo en aquel instante… (Y, en efecto, el lienzo de nuestras tiendas filtraba apenas una dudosa claridad). ¿Qué significaban, pues, aquellos cañonazos tirados tan a deshora?

Pronto supimos que estábamos a 23 de enero, día de San Ildefonso, y día, por consiguiente, del presunto heredero de la Corona de España… Aquellos cañonazos eran, por consiguiente, salvas de pólvora sola.

Todos opinábamos lo mismo. Un día semejante no podía pasar como cualquiera otro. Los moros acudirían, como siempre, al reclamo de nuestros cañones: si sabían que celebraban una fiesta, para turbarla, y si habían tomado los disparos por un segundo desafío, para recoger el guante y sostener el duelo al abrigo de sus nuevas trincheras.


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