Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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Equipose, pues, de guerra todo el mundo desde la primera hora del día; ensilláronse los caballos preventivamente; diose la orden de acelerar los ranchos; requirió sus armas cada uno, y cundió, en fin, por todo el campamento aquella febril animación y bárbara alegría que son ya entre nosotros indicio cierto de la proximidad del combate.

Y el caso fue que nuestros presentimientos se cumplieron.

—¡A caballo! —se oyó decir en el cuartel general a eso de las nueve—. ¡El general O'Donnell va a montar!… ¡Parece que se ven moros!

Montaron, pues, también los cuarenta o cincuenta jefes, oficiales y agregados que constituyen el cuartel general, y seguido de ellos y de su escolta de carabineros y guardias civiles, tomó el general en jefe el camino del Reducto de la Estrella, atravesando por todos los campamentos, que le batieron Marcha Real, según es de ordenanza.

El Reducto se halla bastante adelantado. Constrúyese con tierra y hojas de pita, y su destino es conservar la comunicación entre la escuadra y el ejército el día que éste avance hacia Tetuán. Protegían ayer los trabajos dos escuadrones de caballería, un batallón de línea y un escuadrón de artillería de a caballo, a las órdenes del renombrado brigadier Villate.


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