Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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Allí, vuelvo a decir, dentro del cuadro, estaban el general Ríos y su cuartel general, y así mismo se habían encerrado en él la sanidad, la música, el capellán y el ilustre coronel Naneti, que mandaba el batallón de Cantabria. Entre ellos veíase a los heridos (que también los hubo), a los cuales hacían tranquilamente los médicos la primera cura[7]. Nosotros aplaudíamos en lo íntimo de nuestro corazón a todos aquellos valientes, mientras que los escuadrones de lanceros y nuestra restante caballería, que acometió por la derecha, cargaban ya impetuosamente a los jinetes enemigos… Estos corren… Aquellos los persiguen, los alcanzan, pasan por en medio de ellos, y los alancean y acuchillan sin piedad. En pos de los nuestros cae una lluvia de balas que les dispara la vil morisma. ¡Pero adelantan siempre, y, para un español que cae, ruedan por el polvo diez marroquíes! Así recorren todo el llano, que los moros abandonan, por último, apartándose del heroico y ya libertado batallón de Cantabria… Y así llega la fuerza española al pie del campamento enemigo, donde se para y se rehace en formación, esperando nuevas órdenes del general en jefe.





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