Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa De buena gana hubiera mandado el conde de Lucena dar un asalto a las tiendas de los marroquÃes… ¡Todos los semblantes expresaban este deseo, y la solemnidad del dÃa estimulaba los ánimos a tan gloriosa empresa! Pero eran las cuatro de la tarde: dos horas después serÃa de noche, y estábamos a más de una legua de nuestro campo, sin vÃveres, con pocas municiones y sin nada dispuesto para tan importante operación, que implicaba un cambio total en nuestros propios campamentos, en el plan de campaña y en los cálculos prudentÃsimos de O'Donnell; el cual no quiere fiar nada a la suerte, como lo fió en mal hora el imprudente D. Sebastián de Portugal…
No habÃa, por tanto, otro remedio que renunciar una vez más a apoderarnos de un campamento que tenÃamos casi bajo la mano…
—¡Dejémoslo! ¡Otra vez sera! —decÃan los jefes a las tropas, para consolarlas del sacrificio que se les pedÃa de no empeñar ayer tarde otra refriega—. ¡Es cuestión de algunos dÃas! Cuando el general en jefe dice que no conviene, sus razones le asistirán para ello. ¡Pero no tengáis duda de que pronto dormiréis dentro de esas tiendas!