Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Llamó, sobre todo, mi atención un teniente de bastante edad, fuerte como una encina centenaria, que bebía en silencio, echado boca abajo sobre un cajón que había tenido municiones. Cuando se entonó el coro en que vinieron a parar las libaciones, todo el mundo cantaba una estrofa, cuyo principio era:
¡A beber! ¡A beber!, etc.
El viejo carabinero (catalán, si no me equivoco), en vez de repetir lo mismo que los demás, decía con una voz desapacible y ronca:
¡A vivir! ¡A vivir!, etc.
Fuera intencional o casual esta variante, siempre revelaba un consuetudinario apego a la vida tan franco y natural, que me hacía reír y entristecerme al propio tiempo y mirar con cierto respeto a aquel valeroso anciano que brindaba modestamente por la conservación de su existencia.
Tal fue la noche de ayer. En cuanto al día de hoy, ha transcurrido monótonamente, sin añadir ni una sola línea importante a mi libro de memorias.