Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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Celebrábase la misa en la plataforma del torreón de la Aduana, bajo la severa bóveda del cielo. El altar se apoyaba en el muro; y, cerca de él, asomado a las almenas aspilleradas, hallábase un corneta de cazadores, quien, con agudas señales, iba indicando a las numerosas huestes tendidas por la llanura la marcha silenciosa del incruento sacrificio. Yo no pude menos de volver muchas veces la cabeza para contemplar el magnífico cuadro que presentaban nuestras tropas en aquel momento. En una parte se veían obscuras masas de batallones formados entre los claros de sus tiendas; en otra, columnas apretadas de caballería, cuyas espadas centelleaban al sol, o cuyas lanzas entregaban al manso viento sus banderines; aquí un grupo aislado de jinetes, allá cuatro o seis guardias civiles alineados en otro sentido; ora algún soldado solo que había interrumpido su marcha, ora los ingenieros, apoyados en sus herramientas; en un lado el cuartel general de tal o cual cuerpo de ejército, parado en pintoresco pelotón, con los generales y brigadieres a la cabeza; en otro los acemileros y las gentes de mar, descubierta la frente, pero colocados también en regulares filas; ya una escolta, ya un regimiento, ya una masa de artillería, va un centinela solitario…, y todos silenciosos, todos inmóviles, todos atentos a un punto fijo: ¡al torreón arábigo en que se celebraba la misa!



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