Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Pero donde la perspectiva se presenta con caracteres verdaderamente indescriptibles, es desde el arco que da entrada a la JuderĂa… Por allĂ se descubre una larga calle cuajada de cabezas, que se asoman unas sobre otras… Miles de ojos ávidos se fijan en la plaza… Hace siglos que los hebreos viven encerrados en aquel barrio, de donde les estaba vedado salir en gran nĂşmero y sin formal licencia… TodavĂa dudan muchos de ellos si los cristianos serán mas tolerantes… TodavĂa no se atreven a invadir el Zoco, lugar de honor en que jamás se les permitiĂł esparcirse… ¡QuĂ© espectáculo aquĂ©l! ¡QuĂ© griterĂa en árabe, en español y en hebreo! ¡QuĂ© rĂo de gente! ¡QuĂ© variedad de colores en los trajes! ¡QuĂ© movimiento! ¡QuĂ© drama! ¡QuĂ© gestos! ¡QuĂ© delirio!
Poco a poco va desembocando en la plaza aquella detenida corriente, y las primeras escenas habidas con las tropas de RĂos se reproducen con el cuartel general…
—¡Todo, señor! ¡Todo nos lo ha robado el Morio!… —exclaman lastimosamente los hijos de Israel.
—¡Mire, señor! ¡Nos han dejado en cueros!…
—¿Por qué no vinisteis ayer mañana?
—¡Nos han saqueado los baúles!…
—¡Nos han matado los padres!…
—¡Nos han maltratado las mujeres!…
—¡Nos han quemado las casas!…