Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa —¡Saúl ha muerto, señor!… ¡El virtuoso Saúl, que no hizo daño a nadie!…
Y hablando así, hombres y mujeres, viejos y niños, nos mostraban sus heridas, o sus cuerpos desnudos, o sus trajes rotos, mientras que algunas madres levantaban a sus hijos sobre la cabeza, diciendo con desgarradores gemidos:
—¡Mire, señor, al hijo de mis entrañas! ¡Tiene hambre!… ¡No ha comido en tres días!
Vierais entonces a nuestros oficiales vaciar sus bolsillos en las manos de los judíos; vierais a los judíos pelearse como furias del infierno por arrebatarse las monedas; vierais a los soldados entregar sus fusiles a las mujeres para abrir el morral y repartir todo su pan, toda su galleta, ¡su rancho de dos o tres días!…, entre los quejumbrosos hebreos…; vierais aquella santa y bendita escena, en que los ángeles del cielo debieron de llorar de gozo; en que la caridad cristiana bañó de una alegría divina el semblante de los vencedores; en que los afanados y adustos moros, que en escasísimo número por allí pasaban en virtud de urgentes asuntos, y que aún no se habían dignado mirarnos, levantaron la frente por primera vez y fijaron la vista en nuestras tropas, asombradas de tan noble comportamiento; y en que los judíos, comparando nuestra benignidad, con la inhumana fiereza de los musulmanes, nos abrazaban y besaban, gritando medio sincera, medio interesadamente: