Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa ¡Estoy tan solo!… ¡Ah! No… Las piadosasmanos de mi madre y otras manos queridas colgaron de mi cuello hace tres meses dos santas medallas con la imagen de la Madre de los afligidos… ¡He aquí tan sagradas prendas! Y he aquí también que, por la primera vez después de muchos años… (reparen en esta confesión los jóvenes que hayan renegado de toda fe, embriagados por la soberbia de imaginarios dolores); por la primera vez, digo, después de muchos años de jactanciosa emancipación y sacrílega libertad, siento reanimarse en mi alma inefables afectos, volver a mi memoria santas oraciones, y despertarse en mi corazón plácidas esperanzas…[13] ¡Dios sea bendito en el momento en que acerco a mis labios la celestial imagen de María, y bendita sea la madre que me llevó en sus entrañas y me enseñó a pronunciar el dulce nombre de la Reina de los Ángeles!
¿Significará todo esto que la guerra me ha hecho neocatólico?
¡Nada me importa lo que digan de mí, con tal que se crea en la sinceridad de estas emociones!