Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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El Moro argelino se diferencia del marroquí en que conoce más la vida europea, siquier no acepte sus goces ni sus hábitos. Explótala, sin embargo, para sus negocios, y es más trabajador y comerciante que su correligionario de Occidente. Todos los que hoy he visto hablaban francés, y no podían ocultar su júbilo al ver avasallados a los marroquíes, que tanto y tanto se habían engreído ante ellos, diciéndose inconquistables… Mas penetremos en sus bazares o casas de comercio.

En el piso principal hay grandes mostradores, sobre los cuales se ven extendidas las más ricas telas de Oriente, desde el damasco hasta el tisú, desde la lana tan suave como la seda, hasta el brocado y el terciopelo cubiertos de piedras preciosas. Riquísimos velos, exquisitas esencias, rosarios de ámbar, cucharas de concha y oro, babuchas guarnecidas de perlas, olorosas pastillas, primorosas fajas bordadas de colores, y otros mil objetos tan lujosos como raros, han pasado ante mi asombrada vista y dádome idea del fausto de los musulmanes, así como de lo preciosas que estarán las blancas hijas de los caballeros árabes cuando luzcan tan suntuosos atavíos.

Con los moros no se puede regatear. Venden severísimamente, y su formalidad contrasta en alto grado con la charla gitana del codicioso y artero judío.

—¿Cuánto vale esto? —se le pregunta a un moro.


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