Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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—Veinte duros. Llevar o dejar.

—¿Quieres quince?

—No: déjalo… Otro me dará veinte.

—¿Quieres diecinueve?

—¡Mira, no! Compra cosas que valgan diecinueve. Pero esta vale veinte.

Y no hay quien los apee de aquí.

A fuerza de dar vueltas por los barrios árabes he conseguido ver tres moras, o, por mejor decir, tres fantasmas, que, según me ha dicho Jacob, eran tres mujeres.

Llevaban la cara tapada con una especie de toca, rasgada horizontalmente a la altura de los ojos. Vestían de blanco, y se parecían a aquellos penitentes que aún salen en nuestras procesiones de Semana Santa.

A una me la encontré parada debajo de mi arco, acompañada de tres moros. Comprendí que se marchaba de Tetuán, pues no lejos había dos buenos caballos enjaezados. Era alta y de porte elegante. Un alquicel finísimo y onduloso la envolvía de pies a cabeza. Por la hendedura ardiente la máscara relucían unos ojos negros, ardientes, juveniles, cuya mirada se cruzó con la mía al tiempo que pasé rozando con su falda por el angosto arco…


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