Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa En cambio, no me atreví a mirar a los moros que la acompañaban; y, por no parecer espía, me fui de aquella calle, dejándolos en libertad de despedir a la encubierta viajera según que tuvieran por conveniente.
Las otras moras las divisé a lo lejos, en ocasión que pasaban corriendo de una casa a otra…
—Irán a bañarse… —me dijo mi cicerone—. En la casa donde han entrado hay unos baños muy buenos…
—¿Públicos?
—No, señor: de familia.
Por mucho que apresuré el paso sólo llegué a tiempo de oír el portazo con que se encerraban y las risas, entrecortadas por el cansancio, con que festejaban la desaparición del peligro que creían haber corrido…
En la puerta había cinco agujeros muy pequeños, que hacían las veces del ventanillo de Madrid. Acerqueme a mirar por ellos, y lo único que vi fue dos ojos negros y lucientes, que me espiaban a su vez desde el otro lado de la tabla…
—¿Será el moro? —pensé, dando un paso atrás. Pero nuevas risas femeniles, que resonaron y se fueron alejando, unidas al leve rumor de pasos y de ropas, me convencieron de que aquellas donne belle bianco vestite campaban hoy por su respeto.