Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa ¡No interpretéis mal mis intenciones! No veáis en estos hechos pueriles, que tengo la sinceridad de confesaros, cosa alguna que signifique torpe afán o concupiscencia… Únicamente son resabios de antiguas lecturas, curiosidades artísticas, ansia de entrever aquellos lances maravillosos, idealizados por el peligro, que, según lord Byron, acontecieron en Grecia y en Turquía al pícaro hijo de Doña Inés… ¡Y nada más!
Concluiré, por hoy, dándoos a conocer un raro personaje que completará en vuestra mente la idea que ya iréis formando del misticismo musulmán.
A cualquier hora del día o de la noche que atravieso las obscuras y retorcidas callejuelas que desde la Plaza Vieja conducen al palacio de Erzini, oigo, al pasar bajo un aplanado y retorcido arco, que sirve como de codo a dos calles, un triste y prolongado lamento, nunca interrumpido, y que es el único rumor que turba la quietud medrosa de aquel lóbrego y al parecer deshabitado barrio.
Este lamento sale de un arruinado poyo de cal y canto que se alza en la parte más obscura del solitario pasadizo; y lo lanza un pobre moro que vive hace muchos años tendido en aquel mismo lugar, y de quien sólo he podido saber que es uno de los Derviches más respetados del Imperio.