Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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Cuando el sol luce en el mediodía, y penetra alguna claridad en aquel ángulo del embovedado recodo, colúmbrase vagamente la figura del hombre que se queja; mas, aun entonces, solo por su voz se viene en conocimiento de que aquel es un ser humano… Los ojos no perciben más que un puñado de mugre.

Un Derwich.

Y es que el Derviche, flaco como un esqueleto, sucio como toda una vida de incuria, acurrucado, o, por mejor decir, hecho un ovillo bajo sus mil veces desgarradas y remendadas vestiduras, oculta la cabeza entre las rodillas, abárcase las piernas, con los brazos, y permanece inmóvil horas y horas, llorando siempre desde lo profundo de su miseria.

Allí pasa el día y la noche; allí come lo que la piedad de algún transeúnte pone al alcance de su mano; allí duerme, si es que duerme; allí lo encuentran uno y otro estío, un invierno y otro invierno; allí parece que nació; allí morirá…, ¡si aquello puede llamarse vivir! Nadie recuerda haberlo visto en otra parte; nadie pasó bajo aquel arco a ninguna hora sin oír su acento plañidero; muy pocas personas lo han sorprendido en otra actitud…


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