Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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Yo, por desdicha, lo vi incorporarse esta noche, a eso de las diez (que pasé por aquella rinconada, provisto naturalmente de una linterna). Mirome con calenturientos ojos… Estaba delirando… Habíase desarropado del todo, aunque hacía mucho frío. Su lamento era más lúgubre que nunca… ¡Tuve miedo!

El Dervich no pasa de los cuarenta años, a lo que todos aseguran; pero representa ochenta. Está loco, verdaderamente loco y su locura, como la de todos los musulmanes, consiste en hablar con Dios o de Dios…

Hace, pues, muchos años que solo sale de su boca esta palabra: ¡Alah!

¡Alah! ¡Alah! (¡Dios! ¡Dios!).

He aquí la idea, el acento, la chispa de vida, el rayo de luz que brota de aquella basura, de aquella escoria, de aquella podredumbre humana…

Recuérdame a Job. Solo así concibo un espíritu tan luciente, unido a una materia tan miserable. ¡Debajo de aquel estiércol hay escondida un alma, y en este alma reside el Autor de mundos y soles; mora el gran Dios, el Único, el Eterno, el Omnipotente; albérganse la eternidad y el infinito; alienta la Fe, sonríe la Esperanza, arde la Caridad!


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