Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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—¡Príncipe, no puedo! Tú, en mi caso, obrarías como yo. Hace quince días te quedaban cuatro mil hombres, y hoy tienes ya ocho mil. Cada día que pasa, aumentan tus fuerzas. Yo no deseo ni necesito tanto la paz, que comprometa por conseguirla la vida de uno solo de mis soldados… Pero si mañana, si cualquier otro día, tienes algo nuevo que decirme, yo recibiré tus parlamentos dondequiera que me halle, lo mismo en medio de una marcha que en mitad de la lucha… En el Fondak, en Tánger, dondequiera que vea venir una bandera blanca, suspenderé el fuego y escucharé a tus embajadores. Ahora…, ¡adiós! Siempre consideraré una grande honra haber combatido y hablado con un general tan valiente y príncipe tan ilustre como tú. Desde este momento volvemos a ser enemigos, pero no por eso disminuirá mi consideración a tu persona.

—Lo mismo te digo en todo… —respondió Muley-el-Abbas sumamente conmovido—. ¡Dios lo quiere!… ¡Dios ilumine la razón del Emperador! Yo no soy más que un ciego instrumento de ambos.

—No me separaré de ti —añadió el duque de Tetuán— sin tener el gusto, dado que lo consientas, de presentarte a alguno de mis generales…

—Mucho deseo conocerlos —respondió el Califa.

O'Donnell llamó entonces a los cinco generales que lo acompañaban, y los fue presentando al Príncipe uno por uno.


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