El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —¡Te juro que no la estrecharán otros brazos que los tuyos o los mÃos! ¡Y, además, te repito que he de darte la felicidad en este mundo y la del otro! Para ello bastará con lo siguiente: Yo, amigo mÃo, no soy la Omnipotencia… ¡Mi poder es muy limitado, muy triste! Yo no tengo la facultad de crear. Mi ciencia se reduce a destruir. Sin embargo, está en mis manos darte una fuerza, un poder, una riqueza mayor que la de los prÃncipes y emperadores… ¡Voy a hacerte médico; pero médico amigo mÃo, médico que me conozca, que me vea, que me hable! Adivina lo demás.
Gil Gil estaba absorto.
—¿Será verdad? —exclamó cual si luchara con una pesadilla.
—Todo es verdad, y algo más que te iré diciendo… Por ahora sólo debo advertirte que tú no eres hijo de Juan Gil. Yo oigo la confesión de todos los moribundos, y sé que eres hijo natural del conde de Rionuevo, tu difunto protector, y de Crispina López, que te concibió dos meses antes de casarse con el infortunado Juan Gil.
—¡Ah, calla! —exclamó el pobre niño, tapándose el rostro con las manos.
Luego, herido de una súbita idea, exclamó con indescriptible horror:
—¿Conque tú matarás a Elena algún dÃa?